viernes, 31 de julio de 2009

Castiza vestida de domingo

"NO ESTÁ MAL, TENIENDO EN CUENTA QUE CUANDO LLEGUÉ AQUÍ ERA CHINA".

viernes, 24 de julio de 2009

Te quiero por los pelos

Mucho antes de que la propia Rapunzel utilizase su larga cabellera a modo de amarre para conducir al príncipe hasta su alcoba, la melena femenina ya se situaba entre los primeros puestos de las armas de seducción, acoso y derribo. No hay que hacer muchas indagaciones para comprobar que a día de hoy el método sigue vigente, aunque adaptado a los condicionantes de los bares de copas y con una aplicación menos literal, en los mejores casos.

Y es que el recurso de tirar de melena no deja de ser un mecanismo "autoportante", o lo que es lo mismo, que funciona de forma autónoma: saque usted a su abuela con una peluca de tina turner una mañana de agosto (calles en obras), y observe como llueven los piropos sobre su octogenaria y crepada testa, y es que el fenómeno "autoportante" confiere a la melena una supremacía cósmica en relación al resto de la anatomía, así que si está usted dudando entre hacerse unas tetas o hacerse unos tintes, no dude más.

Tal fenómeno se debe principalmente a que el pelo es uno de los atributos femeninos que más claramente refleja el interés de una mujer por gustar, hecho que en la mayoría de los casos se traduce en desproporcionadas e infructuosas inversiones de dinero y tiempo. Paralelamente, la reacción del cerebro masculino ante esa situación, se limita a procesar y desarrollar una respuesta en código simple:

- Menuda rubia
- Vaya cachondona

- Ahí va esa morena
- Qué cachondona

- Mira esa leona
- Menuda cachondona

Dicho código no está exento de cierto riesgo, puesto que han salido a la luz pública varios casos de víctimas de hair-trick o, tal como lo conocemos aquí, “la cachondona se llama pepe”, y es que la obnubilación que produce en algunos individuos el cimbrear de unas mechas los ha arrastrado hasta los confines del umbral del armario. Por otra parte, es necesario remarcar que la obnubilación se produce en cualquier circunstancia a excepción de una: cuando se trata de la propia pareja, y es que eso de que la mujer de alguien manifieste interés por gustar, a alguien no le hace puñetera gracia.

Pero a pesar de todo lo dicho, tras una atractiva melena también pueden encontrarse infinidad de virtudes que el fenómeno de la obnubilación pasa por alto, y es que para una mujer, el pelo presenta los mismos condicionantes que el raciocinio: si traspasa los límites de la cabeza, resulta poco atractivo, así que si está usted dudando entre hacerse un postgrado o hacerse unas extensiones, no dude más.

viernes, 17 de julio de 2009

Qué bien se está tumba-do

Son pocas las ocasiones en las que la administración local promueve iniciativas de interés público que nos devuelvan la confianza en el sistema, por contra son muchos más los momentos en que las webs municipales nos obsequian con fenómenos administrativos paranormales tales como poder realizar un trámite de “cambio de titularidad de un nicho por defunción del titular”. Desde aquí mandamos saludos a los habitantes del municipio en cuestión y felicitamos a su ayuntamiento por esta experiencia pionera.

Partiendo de la conjetura de que nadie se desprende de las cosas que pretende seguir utilizando, y que según unas encuestas publicadas por Deconomist, el porcentaje de muertos que prefieren los ataúdes (amplios, sin humedades y en las afueras), está muy por encima de los que se decantan por las urnas o los zapatos de hormigón, resulta imposible no formularse una serie de preguntas:

- ¿Se puede demostrar que el titular se halla en plenas facultades cuando designa al heredero?
- ¿Cómo será eso de heredar una caja con sorpresa?
- Y sobretodo, y tratándose de una transacción de bienes, ¿hacienda se queda con algo?

La única explicación posible es que por aquella zona se tenga por costumbre enterrar viva a la gente y así los herederos disponen de unos cuantos días para hacer los trámites. Con ello se desmontan varios mitos creados alrededor del hecho de morirse:

1. La que te acecha no es la muerte, si no tu familia, que siempre resulta más reconfortante.
2. Eliges la ropa y te maquillas a tu gusto.
3. Oyes todas las cosas que dirán en tu funeral y si discrepas en algo, te levantas y lo discutes: “Es la última vez que lo digo, ¡yo no perdí a Toby!”

Los entierros en vida forman parte de un bochornoso capítulo de nuestra historia en que se torturaba a las brujas y otras gentes de mal vivir, pero si hoy en día hubiera que enterrar vivas a todas las brujas, habría más cementerios que peluquerías, y eso resultaría insostenible para una economía basada en el consumo, como la nuestra. Pero pasando por alto el hecho de que enterrar viva a la gente está mal y que las autoridades no deberían dar cobertura a los desahucios post mortem, se sabe que la recuperación de esta práctica ha abierto nuevas expectativas de mercado:

1. Paquetes de ocio “Total, son cuatro días”
2. Funerales personalizados: el imperio romano, los locos años 50…
3. Pólizas de seguros, a favor de tus seres queridos, por si “vuelves”,

Y es que la lógica funciona para casi todo menos para afrontar el gran momento y la sepultura es la única cosa comparable a la desfachatez humana: cuando es la propia la ignoras y cuando es de otro te revuelcas en ella hasta que te crujen los huesos.

viernes, 10 de julio de 2009

Mete a mamá en un tren

Como un efecto colateral más de la bicoca de hacerse adulto, sucede que una vez superada la infancia y la pubertad, se produce un distanciamiento natural respecto a la figura materna. Irónicamente y de forma paralela a este fenómeno, cuanto más se aleja el adulto de su propia madre, más reiteradamente empieza a acordarse de la madre del prójimo. Pero no por ello la madre propia deja de jugar un papel importantísimo en la vida del individuo, una madre es como el kh-7, se mete por todas partes y no deja huella, o sí, porque seguramente, ante algunas situaciones anodinas, le resulte a usted relativamente sencillo intuir que “su madre ha pasado por allí”:

- Cuando vas al médico de siempre a enseñarle un lunar y te advierte sobre los riesgos de parir después de los treinta.
- Cuando ves salir de tu parroquia a una mulata con un abrigo idéntico al que guardas en casa de tus padres.
- Cuando te llama tu tía del pueblo para interesarse por la evolución de tu herpes vaginal.

Porque la bendición de tener una madre también se cobra peajes, y si no lo cree vaya a visitar a la suya y dígale algo bonito, ya verá con qué sutileza le recuerda que no está usted, ni mucho menos, a la altura de merecerla:

- Qué bueno te ha quedado el cordero
- La semana pasada me quedó aún mejor y te llamé, pero como nunca estás.

-
Me encontré a Ramón y me dio saludos para tí.
- Qué buen chico, además se desvive por su madre.

- Me alegro de que hagáis ese viaje, seguro que disfrutáis mucho.
- Qué vamos a hacer si no, si vosotros ya hacéis vuestra vida.

- Qué guapa estás en la foto de la boda…
- Cuántas ilusiones, si llego yo a saber lo que me espera…

- ¿Te ha gustado el ramo que te he traído?
- Yo te traje al mundo y no voy por ahí presumiendo…

Sin embargo, pruebe a sugerirle que se ha equivocado en algo, el resultado es sorprendente:

- ¿Pero cómo se te ocurre tirar todos mis diarios?
- Porque nunca los leías.

- Me hubiera gustado que me trajeras una ensaimada de Mallorca.
- Sí, para que luego no te la pongas.

Y es que una madre siempre cae de pie, da igual desde dónde la tire.

Por todo ello, si tiene usted una madre y empieza a plantearse la disyuntiva de cortarse las venas o dejárselas largas, antes de tomar una decisión debe saber que ante el gran reto de sobrellevar a una madre sólo puede usted aspirar a dos cosas: tener energía y tener paciencia, porque lo de tener una escopeta sigue estando un poco mal visto.

viernes, 3 de julio de 2009

Nunca me dices cosas bonitas

El verbo reprochar, del latín vulgar repropiare, significa ‘acercar, poner delante de los ojos’. Efectivamente, se habrá dado usted cuenta de que en momentos en los que uno piensa que no le quedan energías para nada, basta que alguien diga algo inconveniente para echar mano de las reservas y, a falta de poder plantarle una buena hostia, ponerle algo delante de los ojos.

El reproche está fuertemente arraigado a nuestra historia con frases míticas como el “tú también hijo mío” o “no llores como una mujer lo que no has sabido bla bla bla…”, pero más allá de los reproches que han marcado los grandes momentos de auge y caída de las civilizaciones, existe un extenso legado de anécdotas reprochiles, desconocidas por muchos, y no exentas de cierta pulsión dramática:

Jesús rezando entre los olivos.
- Morirás, hijo mío, para salvar a los hombres…
- ¿Y por qué no lo haces tú?

Los hermanos Pinzón a los cinco minutos de pisar tierra.
- Pues va a ser que esto no es la India…
- Así que “la tierra es redonda y por este lado se llega antes”, cómo me joden los listos...

La esposa de Eisenhower a la hora de la cena.
- Ahora no puedo atenderte vida, que estamos desembarcando…
- ¡Siempre tienes alguna excusa para llegar tarde!

Con mucha menor trascendencia para la humanidad, lo de poner algo delante de los ojos, es un fenómeno presente e indisoluble en la mayoría de las situaciones que nos depara la vida cotidiana:

1. El reproche amoroso.
- Te repito que no quiero verte más.
- Ay, nunca me dices cosas bonitas

2. El reproche culpabilizante.
- No te enfades mamá, pero al final no iremos a cenar.
- No me enfado, me queda tan poco tiempo que quiero aprovecharlo estando feliz.

3. El reproche sabelotodo.
- He leído que cuando se convive con un incontinente verbal que se pasa el día relatando todo lo que hace y deja de hacer, su pareja acaba padeciendo de insomnio y fuertes migrañas.
- Ya lo sabía.

4. El reproche de género.
- ¡Rápido señora, tiene que venir conmigo que la casa está en llamas!
- No crea que va a impresionarme entrando de esa forma por mi ventana...

5. El reproche sobrado.
- Le juro, agente, que no he visto el paso de cebra.
- Pues por la vieja mejor ni le pregunto.

6. El reproche rencoroso.
- Me olvidé comentarte que en ese vaso había bromuro.
- Pues haberlo dicho antes

Porque al fin y al cabo, lo de hacer un reproche es como celebrar un gol del Barça en un bar de periquitos: aunque algo en tu interior te dice que no deberías, sencillamente te importa un huevo.